Sueños de trenes





El Evangelio de la Soledad

Sueños de trenes. Esta película no se ve, se habita. Es una de esas raras piezas cinematográficas que no intentan explicar el mundo, sino simplemente dejar que el mundo ocurra ante nuestros ojos, con toda su belleza insoportable y su crueldad silenciosa. Uno entra en ella como se entra en un bosque al amanecer, sin mapa, sin promesas, sabiendo que cada paso es una experiencia y no un destino.

No hay aquí voluntad de espectáculo ni de relato convencional. La narración avanza como lo hace la vida, a trompicones, por acumulación de días, de estaciones, de pérdidas que no siempre se nombran. Bentley filma el tiempo como una sustancia visible, algo que se posa sobre los cuerpos y los paisajes, hasta convertirlos en ruinas vivas. En ese sentido, la película es menos una historia que un testamento.

La mirada de un gigante silencioso

Si el cine actual suele pecar de ruidoso, esta película es un santuario de silencio. Un silencio que no es vacío, sino densidad, el rumor del viento, el crujir de la madera, el latido casi imperceptible de una vida solitaria. Joel Edgerton entrega la interpretación de su vida como Robert Grainier. Es un actor que aquí no actúa, sino que existe. Su rostro, surcado por el tiempo y el clima, es el mapa de una era que se desvanece.

Hay en su presencia algo mineral, casi geológico. Como si Grainier no fuera ya un hombre, sino una prolongación de las montañas, de los ríos, de los bosques que tala para sobrevivir. Recuerda a esa nobleza salvaje de Jeremiah Johnson, hombres que no necesitaban palabras porque su relación con la tierra era absoluta. Edgerton entiende que el heroísmo de su personaje está precisamente en no saberse héroe, en seguir respirando cuando todo invita a rendirse.

La cámara lo observa con una paciencia casi religiosa, respetando sus silencios, dejando que cada gesto mínimo, un plato de comida, una mirada al horizonte, un paso sobre la nieve, se cargue de significado.

Un formato que abraza y asfixia

El uso del formato 4:3, cuadrado, es una decisión magistral. En lugar de darnos la amplitud horizontal típica del western, Bentley nos encierra en la verticalidad de los bosques y en la intimidad del rostro humano. Nos obliga a mirar hacia arriba, hacia la inmensidad de los pinos y el misterio del cielo, recordándonos lo pequeños que somos.

Ese encuadre es al mismo tiempo refugio y prisión. Abraza al personaje cuando encuentra algo parecido al hogar, pero también lo asfixia cuando la soledad se vuelve insoportable. El mundo no se abre, se cierne sobre él. Cada plano parece decirnos que no hay escapatoria del tiempo ni de la pérdida.

La luz natural no es solo una elección técnica, es el alma de la película. Hay planos que parecen daguerrotipos cobrando vida, imágenes detenidas entre dos siglos, donde el humo de las locomotoras y la niebla de los valles se mezclan hasta que, efectivamente, no sabes si estás ante un recuerdo, un sueño o la cruda realidad. La película entera parece filmada desde la memoria de alguien que ya no está.

El lirismo de lo cotidiano

A diferencia de otros directores que buscan la trascendencia en grandes diálogos filosóficos, Clint Bentley la encuentra en lo pequeño, el peso de un tronco sobre el hombro, el sonido del viento entre las ramas que parece el eco de una familia perdida, la forma en que el progreso, el tren, atraviesa el paisaje como una cicatriz de hierro.

Cada gesto cotidiano se vuelve rito. Cada jornada de trabajo es una liturgia humilde contra el olvido. La película entiende que la épica de estos hombres no estaba en conquistar territorios, sino en resistirlos. En levantarse cada mañana sabiendo que el día será igual de duro que el anterior, y aun así hacerlo.

Es Malick bien hecho porque no se pierde en el vacío, se queda en el sentimiento. Hay espiritualidad, sí, pero una espiritualidad de barro y sudor, no de voces en off que se miran al ombligo. Bentley filma como quien reza sin palabras, dejando que las imágenes hagan el trabajo que el lenguaje ya no puede.

El progreso como herida

El tren, símbolo del avance y de la modernidad, no es aquí promesa sino herida. No trae futuro, sino desarraigo. Su paso por el paisaje suena como un lamento de hierro, como si anunciara que ese mundo de hombres solos, de cabañas perdidas y trabajos imposibles, está condenado a desaparecer.

Grainier no se opone al progreso, pero tampoco pertenece a él. Es un hombre atrapado entre dos épocas, demasiado tarde para ser un pionero, demasiado temprano para ser un ciudadano. Esa grieta histórica es también una grieta interior, que la película observa con una melancolía infinita.

Un suspiro que se queda

Sueños de trenes es un suspiro largo. Es la historia de un hombre que ve cómo el mundo cambia de piel mientras él permanece fiel a sus fantasmas. Es cine que se siente en la piel, que huele a pino quemado y a tierra mojada, que cruje como la nieve bajo las botas.

No busca conmover con golpes bajos, sino con la acumulación paciente de vida. Cuando llegan los momentos de mayor dolor, lo hacen sin subrayados, casi de puntillas, como llega la muerte en la vida real, sin música grandilocuente, sin discursos, solo con un silencio que lo llena todo.

Es, en el fondo, una obra maestra sobre la dignidad de los que no dejan huella en los libros de historia, pero que sostuvieron el mundo sobre sus hombros. Un evangelio laico para los hombres invisibles. Cine que no grita, pero que, una vez visto, ya no se calla dentro de uno.


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