Los Domingos

 

Los Domingos: la oración que se queda a medias.

 Me senté en la butaca con la curiosidad que me produce cuando el cine español se atreve con algo que nadie esperaba. Una directora atea, Alauda Ruiz de Azúa, metida a explorar la vocación religiosa de una chica de diecisiete años que quiere hacerse monja de clausura. El mundo al revés. Y hay que reconocerle el valor, porque en un país donde la Iglesia sigue siendo un campo minado de estereotipos y resentimientos acumulados durante generaciones, atreverse a mirar ese proceso interior llamado discernimiento con honestidad documental —sin caricatura, sin ataque, sin ese anticlericalismo de manual que tan cómodo resulta— es un acto de valentía cinematográfica.

 Y la primera parte me atrapa. Me atrapa de verdad. La sobriedad de la puesta en escena, esa mirada de Ozu que la directora lleva en las venas, funciona. La cotidianeidad de una familia vasca enfrentada a una decisión que no entienden tiene algo de verdad que me llega. Uno observa y reconoce.

 Pero luego viene lo que viene.

 Blanca Soroa, la protagonista, Ainara, hace un trabajo notable para ser una actriz que llega de la nada. Tiene esa elusividad extraña, ese misterio contenido que exige el personaje. No desvela, insinúa. Eso es difícil y ella lo resuelve con instinto. Sin embargo, el problema de esta película —y es un problema serio que la crítica ha soslayado con una generosidad que no termino de entender— es que los demás personajes no evolucionan. Son como estatuas que hablan. El padre, Iñaki, empieza siendo un hombre que quiere lo mejor para su hija y termina siendo exactamente lo mismo, con idénticos gestos, idéntica confusión, idéntico vacío interior. Sin recorrido. Un personaje plano que Miguel Garcés resuelve con corrección, pero sin que nadie le haya dado material para hacer otra cosa. La tía, Maite —que Patricia López Arnaiz defiende con la profesionalidad que la caracteriza— tampoco tiene un arco real. Siempre igual, siempre en el mismo registro de la incredulidad laica, sin que la película la deje crecer ni romperse de verdad. Y las monjas, pese al esfuerzo por humanizarlas, tienen algo de cliché amable: el cliché con guantes de seda sigue siendo cliché. El cura directamente no me lo creo.

 El desenlace llega con una prisa que desconcierta. Como si la directora se hubiera cansado de sostener la tensión que ella misma ha construido y hubiera decidido cerrar la tienda antes de hora. Uno queda con la sensación de que la historia prometía más de lo que da.

 Miro el palmarés —Concha de Oro en San Sebastián, trece nominaciones a los Goya, el favor unánime de una crítica que se ha derretido en elogios— y pienso que la película que yo he visto no es exactamente esa película extraordinaria que me han descrito. Es una obra honesta, seria, bien intencionada y bien rodada. Pero honesta y bien rodada no son sinónimos de grande. El respeto con el que trata la religión —y eso sí lo celebro, porque es raro y necesario— no compensa que la historia, pasada la primera mitad, pierda tensión y no consiga atraparme del todo.

 Concha de Oro o no, Goya o no, hay películas que uno admira más de lo que las siente. Esta es una de ellas.

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